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| Plataforma: Nintendo Switch 2 |
| Género: Acción | MUSOU |
| Desarrollador: Koei Tecmo |
| Editor: Nintendo |
| Fecha de lanzamiento: 6 de noviembre de 2025 |
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Precio: $ 99.199,00 (Switch 2) |
| Idioma: Voces y textos en Español e Inglés |
Nunca fui muy fanático de los juegos tipo Musou, donde hordas de enemigos se te venían encima y con un solo golpe muchos caían derrotados. Jugué Hyrule Warriors: La Era del Destierro con la mezcla de curiosidad y escepticismo con la que uno encara todo crossover masivo: ¿cómo se las arregla el caos de los musou cuando lo metés dentro del universo de Zelda?
La respuesta, en líneas generales, es que el juego funciona, y lo hace casi siempre con gracia, porque entiende dos cosas fundamentales: cómo mantener la sensación épica del combate multitudinario sin traicionar la identidad de Hyrule, y cómo aprovechar la potencia extra de la Switch 2 para darle cuerpo y detalle a ese despliegue.
Primero, la historia. A diferencia de lo que pasó en Hyrule Warrios: La Era de la Calamidad, donde la historia que se nos contaba sucedía en una especie de universo paralelo, ahora la historia es canon. Nos adentramos más en la llamada “Guerra del Destierro” donde el Rey Rauru, primer Rey de Hyrule, junto con sus sabios combaten contra Ganondorf, el patriarca de los Gerudo que utiliza el poder de una de las piedras secretas para sus fines malvados.

Hyrule Warriors: La Era del Destierro da comienzo a la par de lo que vimos en Tears of the Kingdom: Zelda cae al vacío luego de despertar a una entidad maligna, y desaparece misteriosamente bajo un halo de luz brillante. Despierta en un verde paisaje, rodeada de dos misteriosos personajes que terminan siendo Rauru y Sonnia, los primeros reyes de Hyrule. Acá es donde comienza una historia muchos siglos antes de los sucesos de Tears of the Kingdom pero que están intrínsecamente conectados, mostrándonos el viaje de la Princesa Zelda en un pasado remoto donde gana mayor protagonismo, dejando a Link, nuestro valiente espadachín, de lado. Además, podemos ver cómo el Rey Rauru, la Reina Sonnia, Zelda y Mineru van ganando aliados en su batalla contra Ganondorf, algunos más excéntricos que otros pero todos con una chispa que los hace entrañables,
Personalmente, celebro que hayan tomado la decisión de abordar esta parte de la historia, porque Tears of the Kingdom, en las visiones que Link tenía del pasado, nos dejaba con muchos interrogantes sobre la llamada “Guerra del Destierro” (si sabios, los estoy viendo a ustedes contándonos siempre la misma historia) y cómo es que sucedieron varias cosas que, aunque implícitas, no hubiese estado de más conocer.

La sensación al mando es lo que más me atrapó desde el primer minuto. El combate retoma la fórmula Musou, olas y olas de enemigos que se caen derrotados bajo el filo de una sola espada, pero le agrega capas de diseño que lo hacen sentir propio dentro de la saga Zelda. Cada personaje tiene un ritmo distinto: algunos son máquinas de área, otros funcionan como hit-and-run, y varios dependen de una correcta gestión de cargas y habilidades especiales.
El juego no se queda en el “apretá Y hasta aburrirte”: hay entrenamiento real en el manejo de combos, cancelaciones y uso del entorno; la alternancia de armas y la posibilidad de combinar habilidades (un disparo con arco para detener a un grupo, seguido de una cadena con armas cuerpo a cuerpo para rematar) dan profundidad. Además, el sistema de progresión recompensa la experimentación: subir estadísticas y desbloquear ramas de habilidad transforma a los personajes y permite abordar los mapas con estrategias distintas.

Además, tendremos un número limitado de personajes jugables que podremos utilizar en cada partida, por lo que deberemos pensar bien a quién llevamos al campo de batalla, ya que cada uno tiene habilidades específicas que nos permitirán afrontar mejor ciertos combates. Lógicamente, Zelda y Rauru son los iniciales, a los que se suman Mineru y la Sonnia, pero además podremos utilizar a los 4 sabios de las distintas tribus: Agraston de los Goron, Qy’a de los Zora, Ráphika de los Orni y Aruhdi de las Gerudo. Pero este juego nos suma dos personajes que no vimos en Tears of the Kingdom y que son una gran adición: Cálamo, un Kolog que quiere echar raíces en un lugar tranquilo, y un gólem misterioso que se transforma y ayuda en combate.
Cada personaje tendrá sus habilidades específicas, las cuales podremos ir obteniendo a medida que realicemos misiones y pedidos diseminados por todo el mapa de Hyrule. Y cuando digo TODO el mapa, es realmente todo: las profundidades y las islas flotantes de Tears of the Kingdom vuelven a decir presente en esta secuela (¿o precuela?). Antes de cada batalla, podremos asignar las habilidades que nos parezcan más útiles o con las que más comodos estemos, por lo que ampliar el repertorio es algo obligatorio.

Pero esto no es todo, ya que en ciertos momentos podremos realizar ataques sincronizados entre dos personajes, dependiendo de a quién estemos controlando y a quién tengamos cerca. En base al personaje elegido y quien esté a su lado, variará el tipo de ataque. Así, podremos lanzar un rayo de luz que podremos mover para atacar a grandes cantidades de enemigos, invocar un golem que Zelda podrá manejar por un tiempo limitado, o bien realizar un ataque de daño de área que eliminará los enemigos cercanos. Las opciones son muchas y en cada una de las incursiones podremos cambiar de personajes para probarlas todas.
Igualmente, también tendremos ítems que podremos utilizar en batalla, asignándolos a un botón específico. Estos ítems serán los artefactos Zonnan que vimos en Tears of the Kingdom. Así, el ignocéfalo servirá para quemar a hordas de enemigos, el cohete nos permitirá movernos con una gran velocidad por todo el mapa, el ventilador hará retroceder a los enemigos, la bomba de tiempo hará estragos en un área reducida… Todo esto y más podremos utilizar en combate, pero a costa de energía. Llegará un punto en que nuestra energía se acabará, y deberemos utilizar baterías para recuperarla rápido en caso de necesitarlo. Así, algunos enemigos o cofres lanzarán baterías para consumir en el momento, o bien tendremos a disposición algunas en nuestro inventario pero cuidado porque son limitadas.

Los mapas están pensados para que el jugador no solo pasee entre hordas sino para que tome decisiones tácticas: puntos de control que hay que mantener, unidades aliadas que requieren ayuda, secciones de sigilo o pequeñas secuencias de defensa. Esto evita la monotonía típica del género y hace que las misiones largas se sientan como objetivos con sentido, no simples números que cumplir. También hay momentos de clímax donde el juego cambia de escala: jefes con mecánicas específicas y muy desafiantes, escenas en tiempo real que exigen coordinación y timing, y ahí es cuando la mezcla Zelda–Musou brilla.
En el apartado gráfico, Hyrule Warriors: La Era del Destierro luce como un juego de transición bien ejecutado: la Switch 2 le saca partido a la paleta y al modelado sin perder la estética reconocible de la saga. Los personajes principales están cuidados; las siluetas, los trajes y los gestos remiten a lo que esperamos de los últimos juegos de The Legend of Zelda, pero con texturas más nítidas y efectos de partículas que hacen que el polvo, las hojas y la magia se sientan más presentes en cada golpazo.

En combates masivos la cámara a veces sufre, ya que no es raro que se “pegue” a un punto poco favorecedor en zonas con cientos de unidades y, aunque el framerate suele ser sólido, en momentos de mayor tensión (explosiones, invocaciones, enemigos gordos y muchos proyectiles) hay tirones perceptibles. No arruina la experiencia, pero es un recordatorio de que exprimir tantos elementos a la vez tiene un costo técnico. Visualmente, los escenarios varían: algunos son impresionantes por su escala y diseño, otros se sienten un poco repetitivos en textura y colocación de enemigos. Aun así, la dirección artística logra una coherencia que convierte los enfrentamientos en batallas cinematográficas más que en mesas de números.
El sonido acompaña con inteligencia. La banda sonora respeta temas clásicos con arreglos orquestales y toques electrónicos cuando la situación lo pide; hay momentos realmente emotivos cuando una melodía conocida reaparece en versión épica durante un combate clave. Los efectos son contundentes: el impacto de una carga pesada, el crujir de un escudo, el zumbido de una flecha se sienten satisfactorios.

El juego opta por no sobrecargar con voces habladas: predominan frases cortas y exclamaciones, y eso funciona porque mantiene el ritmo vertiginoso. Para quienes valoran el diseño sonoro, hay capas: el clamor del campo de batalla de fondo, señales auditivas que te guían sobre objetivos, y una mezcla que rara vez tapa la música ni los sonidos importantes.
En cuanto a contenido y modalidades, el título ofrece tanto a los fans del musou como a los de Zelda: misiones principales con narrativa, secundarias con desafíos y un generoso postgame con modos de supervivencia, retos y posibilidades de personalizaciónHay coop local y opciones online para jugar con amigos, lo que potencia la rejugabilidad; aun así, la experiencia online podría pulirse: la latencia en partidas con varios jugadores y ciertos bugs de sincronización se notan en sesiones largas.
Donde el juego falla un poco es en la repetición inevitable del género. A pesar de las variaciones, hay misiones que vuelven a caer en el patrón “llegar al punto X y reventar enemigos hasta que aparezca el enemigo Y” y ahí la curva de satisfacción baja. Tampoco todas las subtramas de la historia están bien resueltas: algunas motivaciones quedan en la superficie y esperan que el jugador llene los huecos con nostalgia por el universo Zelda. Por último, la interfaz y la gestión de inventario podrían ser más amigables: entre menús de habilidades, equipamiento y eventos, la navegación es funcional pero mejorable.

En resumen, Hyrule Warriors: La Era del Destierro es una celebración ruidosa y mayormente exitosa del cruce entre Zelda y el género Musou. Tiene una historia muy bien contada que llena los huecos dejados en Tears of the Kingdom, combate sólido y satisfactoriamente profundo, un apartado gráfico que aprovecha la Switch 2 para darle brillo y una banda sonora que eleva los momentos clave. Sus defectos (alguna inconsistencia técnica, repetición de misiones y una narrativa secundaria desigual) no le quitan la esencia: es un juego pensado para divertirte en ráfagas largas, para probar personajes y volver por más.




